La gran debacle de las marcas españolas de lectores electrónicos

¿Alguien recuerda la eclosión de los lectores electrónicos en España? A estos trastos les costó llegar a Europa, primero conquistaron rusia y después saltaron hasta Francia (pasando por algún invento friki en Italia, como el Philips readius). Y finalmente aterrizaron en España.

Seguramente los más veteranos de esta web aún recordarán cómo Leer-e desde Pamplona y Grammata desde Granada, con unos modelos de negocio muy diferentes, comenzaban una lenta y esforzada labor de introducción de estos dispositivos. No sólo fueron pioneros en su venta, sino que tuvieron que llevar a cabo una auténtica labor de evangelización para convencer de su utilidad a administraciones, bibliotecas, colegios… y, paralelamente, trataron de vencer las reticencias y los obstáculos de las editoriales tradicionales, que temían por su decimonónico modelo de negocio.

Pocos años después y ya implantado con fuerza el lector electrónico, surgió una explosión de marcas que se subieron al carro de estos dispositivos. Marcas francesas, alemanas… y españolas. Leer-e, Grammata, Bq, Wolder… pero, ¿qué ha sido de todas ellas? El 2017 ha supuesto una masacre sin precedentes de todos estos pioneros.

El modelo de negocio español

Aclaremos antes una cosa. Cuando hablamos de marcas “españolas”, no queremos decir que el diseño, ni la fabricación, sean españoles. De hecho, en absolutamente el 100% de los casos, lo que hicieron fue adquirir en China alguna de las múltiples marcas blancas ya existentes y renombrarlas con su logotipo y su nombre. En muchos casos, ni siquiera se molestaban en modificar el firmware nativo. En otros, sí que la parte del software corrió a cargo de alguna de estas marcas, como fue el caso de Grammata y sus Papyres.

Hablando de Grammata, hay que mencionar que durante mucho tiempo se promocionaron como “el primer e-reader español”, lo cual era cuando menos una verdad cuestionable, sabiendo que lo que hacía era comprar los dispositivos a una empresa china llamada Hanlin y su aportación consistía en poco más que traducir el firmware, añadir unos cuantos libros libres de derechos en pdf y, eso sí, realizar una inmensa labor de comercialización. Eso no quita para que sus primeros modelos dieran grandes satisfacciones a los usuarios del momento, que encontraron en los Papyre una relativa facilidad para trastear en el firmware y personalizarlo al máximo.

En ese sentido quizás fueran más claros los de Leer-e, que simplemente importaban lectores de todo tipo de marcas y modelos y los vendían tal cual.

Sea como fuere, hay que dejar patente que un lector electrónico “español” como tal nunca ha existido si lo concebimos como un aparato diseñado y fabricado aquí. Sí han existido, y además bastantes, empresas españolas que comercializaron bajo su marca estos dispositivos de tinta electrónica importados desde China.

2017, el año de la masacre

Todos conocemos el estancamiento que sufrieron los lectores de tinta electrónica con la llegada de las tablets, la mejora de los teléfonos móviles y el frenazo de nuevos adeptos a esta tecnología, ya que gran parte de la masa de lectores se quedó en el papel. A esto habría que sumar el que los americanos, que siempre de un modo u otro consiguen comerse el mercado, se introdujeron a nivel internacional, con mención especial para Amazon y su Kindle. Sin embargo, de un modo u otro, la mayor parte de las empresas españolas habían logrado sortear lo peor de esta crisis y seguir en la brecha.

Podríamos señalar dos tipos de modelo de negocio. Por un lado el seguido por Leer-e y por otro el de empresas como Bq, Energy System o Wolder.

Leer-e vendía una pequeña parte de sus dispositivos a particulares a través de acuerdos con librerías y algunos centros como Mediamarkt para tener presencia física, pero quisieron enfocar el grueso de su negocio en la implicación de las editoriales y también trataron de introducir los lectores en el sistema educativo. Obvia decir que el índice de penetración conseguido fue bastante limitado. Los lectores de tinta electrónica no dejan de tener múltiples carencias y límites que hacen que otros aparatos como las tablets, infinitamente más versátiles, sean más atractivas para la mayor parte de sectores.

Bq, Energy system o Wolder en cambio se decantaron por la venta al cliente final, al particular amante de la lectura. Y no son empresas dedicadas en exclusiva a los lectores electrónicos, sino que básicamente, aprovechando el boom de la electrónica china, tienen un catálogo enorme con todo tipo de gadgets, incluyendo tablets, teléfonos móviles, reproductores de mp3, tvbox, etc. etc. En definitiva, para estas empresas los lectores son únicamente un porcentaje normalmente pequeño del total de su volumen de negocio.

¿Y Grammata? Bueno, Grammata se decidió por un sistema mixto. Vendía directamente sus Papyre a los clientes finales bien online, bien a través de tiendas físicas pero a su vez vio que eso no era suficiente y se decantó al igual que Leer-e por tratar de introducir sus productos en el sistema educativo.

¿Qué ha sido de cada uno de ellos?

Como decíamos, 2017 ha sido la gran debacle para la mayor parte de ellos. Curiosamente, no todos por los mismos motivos. Veámoslos.

Leer-e

Realmente desconozco qué ha podido ser de ellos. Simplemente han desaparecido, se han esfumado sin hacer ruido. Parece ser que la veteranía y los años de bregar para tratar de abrir camino a estos dispositivos (trabajo que tan bien ha sabido aprovechar la competencia que no ha hecho ni de lejos tanto esfuerzo) no dieron sus frutos y finalmente esta pequeña empresa simplemente se vio obligada a dejar paso a los grandes y se ha disuelto. Una pena realmente que el equipo liderado por Ignacio Latasa, que me consta que se partió la cara con editoriales y usuarios para conseguir que adoptáramos la tinta electrónica se haya extinguido.

Grammata

El otro gran pionero, Juan González, a la cabeza de Grammata, tampoco ha podido seguir adelante. Fue en 2015 cuando vieron que la situación era ya insostenible económicamente y en mayo de 2017 se declara definitivamente en quiebra y desaparece.

Nacida en 2007, Grammata llega a un acuerdo con el fabricante chino Hanlin para importar en exclusiva sus modelos a España. En principio estos lectores iban a llamarse “pizarrín”, pero por suerte en un ataque de lucidez deciden cambiar el nombre por Papyre. Parece que el boom del lector electrónico tiene que darse de un momento a otro y que los libros de papel van a ser barridos por la tinta electrónica, la empresa crece a buen ritmo los primeros años y se hace con un buen trozo de la tarta gracias a unos primeros modelos muy alabados por los usuarios.

Sin embargo, el paso del tiempo puso en su camino los problemas y competencia antes comentados: tablets, desembarco de Kindle y Kobo, llegada al techo de consumidores de e-books… Y ahí empezó el declive. Declive que trataron de frenar cambiando de producto y de modelo de negocio. Importaron una tablet china y crearon desde cero un software educativo con el que trataron de entrar en los colegios de países americanos como México, Ecuador o Colombia. No tuvieron éxito. En el campo de los lectores electrónicos a la feroz competencia hubo que sumar que sus últimos modelos no fueron muy afortunados, presentando numerosos fallos de software, cuelgues e inestabilidad del sistema, echando por tierra el prestigio conseguido con sus anteriores aparatos.

Así, tan rápido como había subido, el descenso a los infiernos fue vertiginoso hasta el punto de que Grammata tuvo que solicitar concurso de acreedores y echar el cierre definitivo en 2017, dejando sin trabajo a sus 25 empleados. Otro triste final para una empresa que más que una empresa fue una evangelizadora en el uso de estos aparatos y que también tuvo gran parte de culpa en conseguir que las editoriales se abrieran a esta tecnología y comenzaran a surtir de libros digitales el mercado.

Wolder

Wolder es una empresa cántabra con otra filosofía de negocio, que lo mismo vende móviles que tablas de skate o material de jardinería. En este batiburrillo, para la empresa cántabra los lectores electrónicos suponen una parte menor de su gran catálogo. Así pues, pese a la decadencia de los mismos entre el público, no es motivo suficiente para provocar la caída de la compañía.

Pero en Wolder entraron en juego otros factores, lo que sí tenía peso, y mucho, era toda su división de electrónica de consumo. Y aquí entraban en juego los lectores pero también su división de teléfonos móviles o tablets, siendo estas últimas las que representaban su mayor volumen de negocio. Wolder apostó fuerte por compromisos con las compañías telefónicas, metiendo algunos de sus modelos en el catálogo de Yoigo o comprometiéndose con Jazztel a la entrega de un importante pedido de tablets… pedido con el que no pudo cumplir finalmente por falta de financiación.

Wolder puso mucha carne en el asador con sus móviles y tablets, falló y eso llevó al cierre de toda su división de electrónica de consumo y al despido de 55 de sus 150 trabajadores. En su caso los lectores electrónicos no fueron la causa directa del fracaso, sino que éstos se vieron lastrados por los malos resultados de los dispositivos de moda, donde la competencia sí es verdaderamente feroz. Otro que se nos fue en 2017.

 

Los supervivientes

Definitivamente fracasado en las aulas y las bibliotecas, lugares donde Leer-e y Grammata trataron de implantarlo y con Wolder fuera de juego, sólo hay dos modelos de negocio que sobreviven.

Por un lado tenemos a los que, al igual que Wolder, tocan muchos productos y entre ellos los lectores sólo son uno más y no de los más importantes. Ahí podríamos citar a los madrileños Bq, especializados sobre todo en teléfonos y tablets con sus lectores Cervantes, o a los alicantinos Energy System y sus Energy readers, más volcados en aparatos de sonido y audio. Ambos parecen gozar de buena salud y dado que sus lectores son una ínfima parte de su negocio podemos confiar en que van a seguir en el mercado en los próximos años.

El otro modelo de negocio que aún no hemos mencionado es el de las librerías. Así, La Casa del Libro mantiene en el mercado su marca Tagus. Igualmente no es “de lo que vive” la empresa, así que un volumen de ventas no muy alto tampoco debería condicionar en demasía su futuro.

Los franceses

Los franceses no son españoles, pero sí que mantienen una fuerte presencia en las península. Así, al igual que la Casa del libro tiene su modelo de lector, la Fnac lo tuvo en su momento, hasta que decidió que no le compensaba el esfuerzo de mantener uno con su marca y en la actualidad opta por una alianza con los canadienses de Kobo, que ha pasado a ser su lector “oficial”.

Y quienes han renunciado igualmente a una marca “propia” son los supermercados Carrefour, igualmente de gran implantación en España. Los Carrefour vendían un lector bajo su propia marca Nolim, aunque en realidad se trataba de remarcados del fabricante francés Bookeen. Al parecer no le ha compensado igualmente ese esfuerzo de marca y lo han abandonado.

Hay a lo largo del mundo muchísimas más empresas dedicadas a los libros electrónicos que han tenido que cerrar.

Esto nos sirve para darnos cuenta de dos cosas:

  1. En Europa, las empresas que trataron de vivir únicamente de los lectores electrónicos se han ido por el desagüe. Sólo se han mantenido aquellas que diversificaban sus productos.
  2. Esto ha sido un fenómeno global, no español. El panorama comercial se clarifica y se reduce. Lamentablemente los pioneros, los valientes y los arrojados han quedado por el camino y los que llegaron después han recogido la cosecha.

Nadie dijo que el mundo de los negocios fuera justo, sólo los fuertes sobreviven.